ágape

Hoy, al igual que este día de cada año desde que nací, es mi cumpleaños.

Más concretamente, mi cuadragésimo aniversario y me gesto en el devaneo de pasar a mejor vida. Literal. Es decir, con esta frase hecha no me valgo de una alegoría para aludir a cualquier otro aspecto que no sea, esto, que quiero decir. Me muero en la definición exacta de la palabra: morir, dejar de vivir.

Y al igual que cada año no habrá celebración. Tampoco atenderé a las llamadas ni mensajes con buenos deseos y estaré de semejante malhumor que los últimos veinte mayos que mi memoria alcanza a recordar, violentada con esta mustia oquedad que se eterniza de manera tan singular en este día.

No sé cuándo me honrará con su presencia la parca, tampoco es que tenga una acuciante impaciencia o un mínimo de desasosiego suscitado por cómo ha de pasar. Pero no es mi deseo que me pille improvista con la casa sin barrer.

En un empeño vano, procuro recapitular la vida de mis días y nada más lejos que confeccionar una letanía de vivencias inexistentes, pecados por expiar o una apremiante penuria por la falta de tiempo para satisfacer no sé el qué.

No, no es eso.

Pienso mucho en esta última etapa entendiéndome con esta enfermedad; la que me niego a encarar como una lucha. Ya lo dije, jamás ni fui ni quise ser un luchador y no entiendo porqué tendría que serlo ahora. Ni tan siquiera me he esforzado por disponer un talante optimista paliando el sufrimiento de todos ni el mío propio, es más, disfruto de lo lindo atendiendo al personal como se mortifican resulta de no saber comportarse en mi presencia. Es algo asqueroso, una amalgama de pena y miedo en la que se tolera cualquier insolencia por el simple hecho de ser un pobre moribundo. Y, entre tanto, te escucho llorar a escondidas y echas un velo simulando que todo va a salir bien con esa hombría tan tuya y que nadie te ha pedido condenándonos a estar tan cerca, más solos que nunca.

Me cabrea esa fingida esperanza con la que disfrazas este padecimiento de normalidad, pero no digo nada. Me pregunto si una vez que ya no esté yo aquí descuidarás a la compostura y maldecirás mi ausencia hasta el agotamiento, si te mortificará el hambre de no habernos acariciado más. Me pregunto si te sorprenderá descubrir a una desconocida mujer antagónica al hecho de haber sido tu esposa cuando arrincones en cajas las pocas pertenencias que no he adjudicado o si me reconocerás cuando alguien te detalle historias que hablen acerca de mí. Me pregunto también si el tiempo dulcificará el recuerdo de mí en ti y si olvidarás que siempre fui una cobarde que no supo vivir.

Las cosas que a nadie confié, mis secretos, mis miedos, estas inmensas ganas de haberte conocido a ti; se quedan bajo mi piel.

La vida continúa mientras me preparo para verte sonreír lejos de mí.

manifiéstese a su antojo