[063]

Desde la cristalera de mi despacho se puede ver la máquina expendedora del ala sur del edificio y desde aquí te examino mientras tanto unos pasos atrás de mí alcahuetean acerca de como perdiste los papeles al sorprender a tu mujer en la cama con otro.

La máquina se traga la moneda sin dispensar el café que pareces necesitar. Te miro como descansas tus manos sobre el cristal de la condenada máquina conteniendo la compostura como acostumbras bajo ese aire educado. Respiras hondo. Al volverte me encuentras observándote desde las alturas y esperas encontrar cierta complicidad que nunca hemos tenido cuando nos cruzamos por los pasillos.

No aparto la mirada mientras bebo de mi taza el café humeante y te veo desaparacer por las escaleras como si ignoraras que tu vida es la comidilla de la oficina. Qué te jodan, murmullo entre dientes antes de volver a beber para regresar al trabajo.

[062]

Se precipitó a mitad de la noche en busca de una tasca que aún tuviera a bien despachar algún bebistrajo que calentara sus huesos. Una tasca en una calle dondequiera de una ciudad cualesquiera en la que dar cobijo a tanta bajeza.

Poco importa el sitio donde puedas apretar las penas entretanto sea el mismo manto quien te envuelva.

Grita en su cabeza si habrá alguien que le escuche ahí afuera.

la jota

De la uva sale el vino,
de la aceituna el aceite
y de mi corazón sale ay,
cariño para quererte.
En todo el lugar se suena
que nos queremos tú y yo,
niégalo tú vida mía,
que también lo niego yo.

Eres alta y buena moza
pero no presumas tanto
que también las buenas mozas ay,
se quedan pa’ vestir santos.
Eres más chica que un huevo
y ya te quieres casar,
anda ve y dile a tu madre
que te enseñe a trabajar.

Anda diciendo la gente
que tienes un olivar
y el olivar que tú tienes ay,
es que te quieres casar.
No te apures mi serrana
que ese novio llegará
y aunque no tenga dinero
contigo se casará.

la tienda

Este momento se ha demorado tanto que he perdido la noción de la última vez que traspasé la puerta de madera que ahora tengo frente a mí y acaricio la pesada llave de metal con mis dedos en un intento torpe por detener el tiempo entre lejanos recuerdos de una infancia que se atormenta cada vez más en el ínterin que envejezco.

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