alicia

Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro -repuso el unicornio- si tú crees en mí, yo creeré en ti, ¿trato hecho?» —A través del espejo (L. Carroll)—

Imagíneme siendo muy, muy niña con mis cosas de niña en un mundo de niña donde, quizás, la inocencia que debiera determinar esa puericia no era tal y al despertar cada mañana mi primer pensamiento no era otro que el cuestionar cuál era el propósito de una sucesión sinfín de días; para qué si de antemano sabemos el desenlace de nuestra existencia.

Imagíneme en una escuela religiosa donde nunca hallaba respuestas, en un entorno donde debía comportarme como es debido y donde toda cuestión se zanjaba con un porque sí o porque lo digo yo. Pero por suerte para aquella niña, en un cumpleaños le regalaron la adaptación de Disney de la obra de Lewis Carroll y no puede ni imaginar lo que supuso para esa niña descubrir que no siempre es incuestionable lo que nos hacen creer.

Imagíneme leyendo y releyendo aquel tomo de letras ilustradas incontables veces llegando a desear con todas mis fuerzas deambular en aquel delirante país para no regresar nunca jamás y fue, justo en aquel instante, cuando descubrí cómo disociarme de la realidad a través de la creatividad.

Imagíneme a medida que mi cuerpo se desenvolvía con la cadencia de los años e iba colmando con una enorme voracidad toda mi curiosidad. Hace años ya que comprendí que el sentido de la existencia estriba, precisamente, en la propia existencia. Ahora la adulta que suscribe este escrito desintegra los pensamientos que conforman las varillas de la jaula y, al fin, entiendo que no hay nada de perverso en mí.

Y, ahora bien, me gustaría tener la oportunidad de crear un espacio en el que conocernos en profundidad, pero conocernos de verdad. Un espacio a nuestra justa medida y a nuestro puto antojo. Un espacio donde no sentirnos solos porque siempre más allá, al otro lado estaremos el uno para el otro.

Ni decir tiene, que emplee su voluntad para declinar mi oferta si así lo cree oportuno. No hay problema. Aún así, no quiero dejar pasar por alto mis ganas de invitarle a cruzar al otro lado del espejo; qué me dice, ¿se anima?

manifiéstese a su antojo