[063]

Desde la cristalera de mi despacho se puede ver la máquina expendedora del ala sur del edificio y desde aquí te examino mientras tanto unos pasos atrás de mí alcahuetean acerca de como perdiste los papeles al sorprender a tu mujer en la cama con otro.

La máquina se traga la moneda sin dispensar el café que pareces necesitar. Te miro como descansas tus manos sobre el cristal de la condenada máquina conteniendo la compostura como acostumbras bajo ese aire educado. Respiras hondo. Al volverte me encuentras observándote desde las alturas y esperas encontrar cierta complicidad que nunca hemos tenido cuando nos cruzamos por los pasillos.

No aparto la mirada mientras bebo de mi taza el café humeante y te veo desaparacer por las escaleras como si ignoraras que tu vida es la comidilla de la oficina. Qué te jodan, murmullo entre dientes antes de volver a beber para regresar al trabajo.

[062]

Se precipitó a mitad de la noche en busca de una tasca que aún tuviera a bien despachar algún bebistrajo que calentara sus huesos. Una tasca en una calle dondequiera de una ciudad cualesquiera en la que dar cobijo a tanta bajeza.

Poco importa el sitio donde puedas apretar las penas entretanto sea el mismo manto quien te envuelva.

Grita en su cabeza si habrá alguien que le escuche ahí afuera.

[061]

Se enrollan durante horas y personas las palabras tañidas entremedias de las cuerdas de mi garganta y que ya apenas reconozco de lo frívolo que es todo. Aún así las visto de gala y me convierto en una voz amable que desfigura lo poco que me interesa vuestra existencia.

Soy un hipócrita.

Brillante, lo sé.

[060]

Agobiado. Molesto. Bueno no, agobiado como una de esas ratas que corren y corren en una rueda sin fin o deambulan entremedio de un laberinto del que jamás encuentran la salida. Pues eso, agobiado como una rata salgo a la calle.

Salgo a la calle a encontrarme, salgo a cruzarme con alguien, a dejar de existir. Salgo a emborracharme para dejar de mentir, para olvidarme de volver a ser quién fui porque si te miro a los ojos tan solo me veo a mí.

[059]

Y duele más los sueños que se precipitan en el despertar de la imposibilidad y la esperanza se encierra en un cuarto oscuro de un sótano que nadie sabe dónde está y el deseo se cansa porque no recuerda cuándo fue la última vez que recorrió su cuello la sinceridad y la ilusión ahora va y ya no respira y de nuevo recojo pedazos de mí y ya no quiero nada, ¡ea!

Y si tú…

Y si yo…

[058]

En el hipotético supuesto de haber pasado un tiempo prudencial –pongamos dos mil setecientos setenta y siete días– pero aún así reconstruyo una y otra vez aquel puñado de horas con pelos y señales cada palabra escrita, el serio semblante de tu rostro que jamás conocí y las ganas intactas de hacerte mil preguntas con hambre; entonces, ¿se podría afirmar que es real el efecto que produjiste en mí y que, a pesar de haberlo deseado con todas mis fuerzas, a día de hoy no he alcanzado ni alcanzaré a olvidarte?

¡Cáspita! ¡Mardito seas donde quiera que estés!