simbiosis

A sabiendas de resultar harto excéntrica, desprovista de pudor alguno atestiguo que soy de ese tipo de individuos que no transige con alegría cualquier vecino impuesto a mi vera por obra y gracia del destino, el azar, la casualidad, la fortuna o quién puñetas sea el que tenga a bien decretar dichas cuestiones de significativa relevancia. Y tampoco es de extrañar ya que debitado de las precarias construcciones de hogaño desatendiendo a la más mínima privacidad asentaría que podríamos ser reputados como todo un completo compañero de vivienda sin consulta habida a ninguna de las partes, claro está.

Indicar que computo con múltiples y variopintos especímenes concomitantes en mis múltiples y variopintas moradas donde mi asqueamiento es directamente proporcional en hostiabilidad a grados de tostón de la escandalera resulta al otro lado del tabique. Y a pesar de no ser el caso que nos ocupa, mencionar que nunca jamás he puesto de manifiesto una protesta en relación con el fastidio soportado empero, menos aún, he escatimado sigilosamente en deleitosas faenas autorizadas por la ocasión que a favor lo meritaba paliando así pues mi ferviente instinto homicida.

No obstante, a veces se origina cierta sincronía que inequívocamente casan en perfecta armonía sin explanación probable, supongo, que como todo lo verdaderamente excepcional en este adulterado espectáculo en el que figuramos. Idóneo ejemplo de esto que apunto, sería el arreglo compaginado con el ente que hasta el día de hoy se avecina contiguo a mi cubil; tal es el sincretismo cosechado que sin habernos visto nunca siempre tuvimos tremenda complicidad, mimando en todo momento con total solidaridad la tranquilidad del hogar sin dosificar en el silencio requerido, en el desahogo tan anhelado e, inclusive, en la palabra de ánimo precisa inyectando en nuestra subsistencia un poco de auténtico sentido.

Y como si todo formara parte de una broma absurda parece que esos días, en los ignoras que se va a destrozar en mil pedazos tu alma, siempre llueve con mucha más rabia. Justo como esta misma tarde, que asomada al ventanal observando el suceder bajo las inclemencias del temporal a la espera del letargo de la ciudad y del propio mío, he reparado en un vehículo atravesado en mitad de la calzada abarrotado de cajas de mudanza y archiperres en cuya ventanilla delantera, al fin, he puesto cara a mi vecino. En una pequeña fracción de segundo nos hemos despedido con esa amargura que dona el desaprovechar esta clase de certeza descubierta solamente una vez en la vida, quizás, ni siquiera eso y antes de ser capaz de reaccionar, inesperadamente, un descomunal tráiler lo ha arrollado calle abajo hasta hacerlo desaparecer de mi vista.

Bueno, pues como si nada prosigue el poderoso drama y, ahora, a ver qué tal con el próximo inquilino.

manifiéstese a su antojo