luciérnagas

Cuenta la leyenda que había una vez un niño que las noches calurosas de verano al acostarse el sol, se despojaba de su tristeza abandonando los brazos de Morfeo para huir a la profundidad más sombría del bosque donde el agua fluye limpia en medio de la frondosidad iluminada únicamente por el resplandor de las luciérnagas.

Al desperezarse el nuevo día, antes de ser apreciada su ausencia, regresaba al jergón de su lecho para así desafiar sus quehaceres diarios sin estela de fatiga durante más de treinta días con sus treinta noches.

Pero al alba de una maitinada, al colarse en su aposento descubrió un leve destello que se desvanecía dentro de un frasco recostado sobre su almohadón. Con el recipiente entre sus manos compareció ante su padre husmeando una aclaración.

El padre desasosegado porque el hálito de la brisa del invierno arrebatara como cada año la luz de las luciérnagas acarreando de nuevo la presencia de la tristeza que aprisiona el ánimo de su hijo, dispuso en el tarro varios lampíricos para así ahuyentarla por siempre.

El niño conmovido deshizo el camino que conduce a su cobijo del bosque a la custodia de su padre y una vez allí cuidadosamente liberó el encierro de cristal y le dijo:

—No es necesario que retengas lo que de sobra sé hallar por mí, ni te adueñes de aquello que a ti no se refiere porque jamás la posesión es conocida de la dicha y es precisamente en la tristeza donde alcanzo a descifrar las estupideces de esta humanidad.

manifiéstese a su antojo