[044]

Si pudiera hacer todo tan sumamente sencillo como el desempolvar unos textos casi olvidados de un tiempo que ya no duele como si, verdaderamente, no hubieran acampado a su libre albedrío en mí llevándose consigo partes irrecuperables convirtiéndome en esta persona que apenas tolero.

Si no tuviera que frenar las persistentes extralimitaciones yo, sinceramente, volvería a hacer todo mucho más sencillo.

[043]

Suponer que ya nunca más hacer de tripas corazón dominando una funesta ira doliente de mi macilento amor propio para que en un ardor de desatención a mi propia persona evidenciar de manera dañosa las miserias ajenas despedazando las palabras jamás pronunciadas que me carcomen y martirizan bautizándome como un tarado emocional incapaz de ejecutar una pizca de cariño; el que se olvidaron de adiestrar en una impoluta enseñanza.

Mucho suponer.

Y peor aún, que todavía me desconcierte.

pesquisa primera

Justo en el borde, ni más para adelante ni más para atrás; en el borde.

En un primer peritaje se evalúa el calado del charco tomando diferentes patrones de profundidad con el remate de un calzado tipo manoletina. Sin vacilación con el pie se efectúan oscilaciones breves y concisas obteniendo un muestreo fidedigno de una estimación sin aforo de equívoco.

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instantáneas

Un portazo. Como un portazo en mitad de la siesta que te sobresalta legando un vacío denso y raro que no logras soltar durante horas o días sintiéndote, así, como muy ajeno a todo. Pues esa misma sensación me ha retraído el examinar esa fotografía y, pese a que pretendiera dedicar todo mi afán a ello, me es imposible argüir el porqué.

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[042]

Al introducir la llave en la cerradura y mirar a través de la cristalera, siempre, colisionaba con sus vetustos ojos impacientes al acecho de mi rigurosa venida. Entonces, como si ciertamente no me hubiera visto retomaba su lectura como si tal cosa.

Sin ofrecer inexactitud a la ceremonia diaria, empujaba el portón y sin preguntar me colaba en la garita de portería dejándome caer sobre la silla velando al silencio hasta que él se decidía a romper a hablar; daba igual de qué pero todo me sonaba indispensable en aquella voz aguardentosa que destilaba vida. Departiamos a nuestro antojo hasta el término de su turno bajo la atenta mirada del resto de residentes que concienzudamente ignorábamos y me sabía privilegiada al ser la única con la que conversaba poco más que lo imprescindible concerniente a su ocupación.

Es extraño cómo aparecen las personas y se adueñan de su lugar en la existencia de uno.
El día que nos conocimos él me despachó del edificio haciéndome esperar a la intemperie de uno de los días más fríos que recuerdo; valiente hijo de puta.