[047]

Me tomo mi tiempo, no crea, pero tras una auditoria con esmerada escrupulosidad a las canastas de la concurrencia asistente en mi autoservicio de cabecera durante la adquisición de los víveres que sustentan a mi persona, esta misma, proclama electa la más desordenada y muy discretamente la adiciona con artículos discordes poco antes de pasar por caja. Llegado el citado momento observo las espontáneas reacciones de los propietarios de las cestas agraciadas y en el cenit de mi descollante éxito me digo ‘¡ea! figura ya te puedes morir tranquila’.

[046]

En la frialdad de la doma de montar en cólera y del desquite de tremendo cabreo sin atisbo de inquietud en la firmeza, canalla de mí, agarro de muy malas maneras al caricato de pegman y lo zarandeo, lo vapuleo, lo arrastro por los confines más apartados que ideo trazar para finalmente desampararlo a su fatalidad en calles mega amenazadoras.

La crueldad jamás conoció tal ponderación, sí, lo sé; pero mitiga mi entristecido desamparo saberlo perdido y, en el preferible de los casos, molturado a palos.

dédalo

Cuenta la leyenda que cuando germina la concepción de una nueva vida en las entrañas de una matriz, primeramente, se confeccionan los tejidos del armazón que alberga al corazón en una urdimbre de incontables pasillos encauzados en dispares direcciones entrecruzándose entre sí, de los cuales solo uno acaudilla al mismo centro de la médula de la que se sustentan todos y cada uno de los organismos pluricelulares de la integridad total.

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[045]

De manera concienzuda me concentro por mantener la respiración haciéndome el dormido para que nada me toque y autorizo a la cotidianidad a que prosiga sin mí hasta que sale por la puerta y tomo conciencia de las sábanas que me anquilosan contra el colchón, conciencia del aire seco que se cuela en mis pulmones, del sonido afilado en mis oídos, conciencia de que la vida es tan frágil que podría desvanecerse en cualquier momento y abro los ojos a la espera de la explosión que reviente con todo lo que veo y siento, con todo lo que soy.

A regañadientes me convenzo de que las cosas nadie las hará por mí, que tan solo es una noche al año.

Me embuto en mi majestuoso uniforme no sin antes maldecir una y mil veces a las emociones y lo que hay dentro de ellas.

[044]

Si pudiera hacer todo tan sumamente sencillo como el desempolvar unos textos casi olvidados de un tiempo que ya no duele como si, verdaderamente, no hubieran acampado a su libre albedrío en mí llevándose consigo partes irrecuperables convirtiéndome en esta persona que apenas tolero.

Si no tuviera que frenar las persistentes extralimitaciones yo, sinceramente, volvería a hacer todo mucho más sencillo.