[041]

Estaría genial que, creyéndome un arcoíris en un día de esos tormentosos, con tan solo aparecer en el cielo pudiera vislumbrar un sendero raso para descalzarme y a la que paso mangar una bici con un canasto rebosante de flores silvestres y acelerar muy, pero que muy fuerte para poco después desatender los pedales estirando mucho las piernas y espontáneamente reír a carcajadas de forma perturbadora perdiendo el equilibro y estampándome contra el suelo pero no pasa nada porque arranco un diente de león que soplo con todas mis fuerzas y me abrazo también súper fuerte, entonces, echo a correr hacia un bucólico atardecer con los brazos alzados y en una acrobacia sin igual me marco un alucinante salto chocando mis pies en el aire sintiéndome exultantemente satisfecha, pero satisfecha de verdad.

Joder, no vea cómo reconforta esto de improvisar y pimplar y pimplar y pimplar.

[040]

Estaría genial que, creyéndome un dispositivo electrónico de esos inteligentes, con tan solo conectarme pudiera instalar en el lugar calibradamente provechoso de mi estúpido juicio algún innovador plugin que añada funcionalidad o amplíe mis deficientes disposiciones para que esos condenados días en los que uno no debiera arrancar el cuerpo del catre parejos a la esplendorosa jornada de hoy todo lo acontecido fuera pasajero como si nada realmente importara y así lograr escupir este puto añugo que violenta mi estómago sintiéndome mierda.

Joder, no vea cómo desgasta esto de ensayo y error, ensayo y error, ensayo y error y error y error y error…

pulsaciones

No me duelen prendas asentir que en la distracción de mi ensimismamiento el distinguir ciertos sonidos de determinados objetos desata de una forma animal y descarada mi libídine y, precisando con más meticulosidad, el peculiar sonsonete del mecanografiar con brío un estruendoso teclado. Que de poder optar mi persona el que esta evocación se ajustara a algún deslucido recuerdo de mis vivencias, desearía que perteneciera al deslizar de tus manos varoniles aplastando las teclas dando vida a versos envueltos en humo de picadura de liar junto a unos amartelados trozos de hielo del último trago de whisky revueltos en un sucio vaso adentro de una inhóspita habitación en vez de ser propiciada por un loro coquetuelo y mi inexperta cabeza acomodada entre dos tremendos pechos turgentes en el ínterin de incontable tardes de verano.

Explícome.

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la vigilia

Hay noches como esta en las que el amanecer me pilla despierto asomado a las ventanas de la alta madrugada empapado de pensamientos carentes e imprecisos y con náuseas me revuelco entre sábanas sucias de miedo y de desespero y a minúsculos ratos me adormezco engarzando absurdos disparates con mis más locos deseos para luego, una vez despierto, nunca recordar lo que sueño.

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[039]

Últimamente, con cierta asiduidad, me obligo a recordar la historia de los dieciséis supervivientes de la tragedia de los Andes; no tanto por aquello de que el famoso lema del ‘no aguanto más’ es una gran mentira porque cuando uno realmente no aguanta más es cuando muere sino por aquello que más impacto me ocasionó al leer en su día la totalidad de los testimonios que abreviaban la máxima dureza de lo vivido en lo que les supuso comprobar cómo les habían dado por muertos, les habían llorado el duelo pero aún así la vida, lejos de echar el freno, continuó sin ellos.

Y aún así, inepta de mí, acostumbro a que todo me parezca ilimitado.