instantáneas

Un portazo. Como un portazo en mitad de la siesta que te sobresalta legando un vacío denso y raro que no logras soltar durante horas o días sintiéndote, así, como muy ajeno a todo. Pues esa misma sensación me ha retraído el examinar esa fotografía y, pese a que pretendiera dedicar todo mi afán a ello, me es imposible argüir el porqué.

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[042]

Al introducir la llave en la cerradura y mirar a través de la cristalera, siempre, colisionaba con sus vetustos ojos impacientes al acecho de mi rigurosa venida. Entonces, como si ciertamente no me hubiera visto retomaba su lectura como si tal cosa.

Sin ofrecer inexactitud a la ceremonia diaria, empujaba el portón y sin preguntar me colaba en la garita de portería dejándome caer sobre la silla velando al silencio hasta que él se decidía a romper a hablar; daba igual de qué pero todo me sonaba indispensable en aquella voz aguardentosa que destilaba vida. Departiamos a nuestro antojo hasta el término de su turno bajo la atenta mirada del resto de residentes que concienzudamente ignorábamos y me sabía privilegiada al ser la única con la que conversaba poco más que lo imprescindible concerniente a su ocupación.

Es extraño cómo aparecen las personas y se adueñan de su lugar en la existencia de uno.
El día que nos conocimos él me despachó del edificio haciéndome esperar a la intemperie de uno de los días más fríos que recuerdo; valiente hijo de puta.

octubre de dos mil diecisiete

Tu buena voluntad es cambiar, entretanto, disfrazas en ser uno más la galbana que a bocados te arruina y te desmorona; acabamiento al aceptar que no tienes ni pajolera idea de cómo lograr tu alma reparar.

Aprendiste a ver en la desorientada caminata por la que transitas negándote a participar para así no volver a lamentar el estropicio tras tu paso y, en determinadas ocasiones, asiendo un denuedo hercúleo al ahogarte por domeñar las impetuosas ganas.

Te mimas al pensar que la intuición no te falla trocando que, quizá, sea el miedo quien sentencia a mantenerte paralizada porque de sobra conoces la sapidez del dejo por no saber saciar las desmesuradas expectativas generadas y te postergas al más estricto de los confinamientos.

Cumplidamente destrozada apartas todo lo que ya nada conforta y recompones una y mil veces el entendimiento de tu incomprensión obligándote a recusar de tu tenencia descuidos ajenos que poco o nada derivan de tus acciones. No admitas, no consientas pese a que duela no siempre eres responsable.

Ey, profundiza en esa hambre desconocida e igual consigas respirar.

»Déjame vivir con alegría, Vainica Doble

[041]

Estaría genial que, creyéndome un arcoíris en un día de esos tormentosos, con tan solo aparecer en el cielo pudiera vislumbrar un sendero raso para descalzarme y a la que paso mangar una bici con un canasto rebosante de flores silvestres y acelerar muy, pero que muy fuerte para poco después desatender los pedales estirando mucho las piernas y espontáneamente reír a carcajadas de forma perturbadora perdiendo el equilibro dándome de bruces contra el suelo pero no pasa nada porque arranco un diente de león que soplo con todas mis fuerzas y me abrazo también súper fuerte, entonces, echo a correr hacia un bucólico atardecer con los brazos alzados y en una acrobacia sin igual me marco un alucinante salto chocando mis pies en el aire sintiéndome exultantemente satisfecha, pero satisfecha de verdad.

Joder, no vea cómo reconforta esto de improvisar y pimplar y pimplar y pimplar.

[040]

Estaría genial que, creyéndome un dispositivo electrónico de esos inteligentes, con tan solo conectarme pudiera instalar en el lugar calibradamente provechoso de mi estúpido juicio algún innovador plugin que añada funcionalidad o amplíe mis deficientes disposiciones para que esos condenados días en los que uno no debiera arrancar el cuerpo del catre parejos a la esplendorosa jornada de hoy todo lo acontecido fuera pasajero como si nada realmente importara y así lograr escupir este puto añugo que violenta mi estómago sintiéndome mierda.

Joder, no vea cómo desgasta esto de ensayo y error, ensayo y error, ensayo y error y error y error y error…

pulsaciones

No me duelen prendas asentir que en la distracción de mi ensimismamiento el distinguir ciertos sonidos de determinados objetos desata de una forma animal y descarada mi libídine y, precisando con más meticulosidad, el peculiar sonsonete del mecanografiar con brío un estruendoso teclado. Que de poder optar mi persona el que esta evocación se ajustara a algún deslucido recuerdo de mis vivencias, desearía que perteneciera al deslizar de tus manos varoniles aplastando las teclas dando vida a versos envueltos en humo de picadura de liar junto a unos amartelados trozos de hielo del último trago de whisky revueltos en un sucio vaso adentro de una inhóspita habitación en vez de ser propiciada por un loro coquetuelo y mi inexperta cabeza acomodada entre dos tremendos pechos turgentes en el ínterin de incontable tardes de verano.

Explícome.

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