keres

De venida al curro después de una monótona reunión con un cliente en el ensimismamiento por el que paseaba despistada, bruscamente, me he tropezado con la calle cortada mientras era desviada por otra ruta alternativa. Antes de aceptar el nuevo itinerario a tomar, con algo más de detenimiento me ha sorprendido converger con un tumulto de guardia civiles, policías locales, una enfermera y algún otro personal imposible de identificar desde donde me encontraba. Pero no lo suficientemente imposible para apreciarlos a todos ellos en la misma puerta de un colega.

No sabría explicar la razón, pero unas tremendas ganas de llorar se han alojado en mi garganta y cuando he querido asimilar el trayecto que entonces recorría sin cabía a una vuelta atrás, me he dado de bruces justo enfrente con esa puerta a la que tantas veces he llamado, esa puerta por la que justo en ese momento salía el juez anotando en un montón de hojas cosas ininteligible para mí pero que no prestaba cabida a dudas.

Una vez en mi zulo, he echado el cierre y llevo sentada en mi puesto de trabajo desde entonces. Sigo con la mismas ganas de llorar en mi puta garganta y no acierto con el término de hacerlas partir.

De más sé lo que dirán. Un final autoproclamado poca a nada ternura lo abriga.

No entiendo nada. No comprendo el porqué los que no logramos ser triunfadores menos aún podemos conservar nuestra posición en este artificio de vida. No concibo que muertes de esta arista, jamás, se le imputen al responsable de la administración de los papeles a interpretar por cada cual.

Hay que joderse cómo el envejecer de nuestros días difiere el fundamento a subrayar las efemérides de los acontecimientos.

No entiendo nada; ¿lo he dicho ya?

 

Ahora sí; descansa al fin en paz, amigo. Que la tierra te sea leve.

 

manifiéstese a su antojo